Meses atrás, mientras esperaba en la estación a que saliese mi tren, pasaba el tiempo observando a todas aquellas personas que iban de un lado para otro cargadas de equipaje. Algunas de ellas corrían sin apenas mirar a su alrededor, supongo que irían con prisa, quizá a su tren le faltaban minutos para abandonar la estación. Puede ser que en su destino aguardase el amor del que nunca debieron separarse por aceptar aquel trabajo que resultó no cumplir las espectativas. Tal vez se dirigen al duelo de un familiar del que, por caprichos del azar, nunca tuvieron tiempo de despedirse, o simplemente, regresan de un viaje de placer. Sea como fuere me gustaba fantasear con la vida de cada uno de ellos. Me resulta sorprendente como en una estación, en tan solo un minuto, llega a concentrarse tanta historia, mí historia, su historia, nuestra historia. Pensé que sería divertido escribir pequeños relatos de las personas que más captaran mi atención imaginando su historia. Nunca llegué a hacerlo.
Hace unos días, camino del trabajo, pasé por la terraza de una cafetería. En una mesa pude ver a tres mujeres sentadas. Nada raro, pensareis. Lo que captó mi atención es que aquellas tres mujeres, eran madres de tres bebés. Las tres estaban sentadas en la terraza amamantando a sus hijos a la vez que mantenían una conversación. Y aunque no las vi en la estación y, creo que hay poco que imaginar sobre sus historias, me pareció la imagen más bonita que jamás he podido contemplar, digna de dedicarle unas lineas. Siempre me llamaron la atención las mujeres embarazadas, rebosan felicidad por todos los poros de su piel. Una vida dentro de otra vida. Esa conexión entre madre e hijo, alimentándolo, alimentándose. Piel contra piel. No creo que pueda existir mayor muestra de amor.
Vidas que nacen, vidas que mueren, vidas que pasan por nuestra vida tan solo minutos antes de abandonarla. La vida.
No hay comentarios:
Publicar un comentario